¿Qué tiene Eurovisión que te vuelve loco?

Jacques

Hace unos meses tuve una peculiar conversación con un amigo no eurofan que siempre ha sentido curiosidad por el llamativo microcosmos que integramos los aficionados al Festival de Eurovisión. Porque otra cosa no, pero fascinante y excéntrico para unos ojos externos, nuestro mundo lo es un rato. Me comentaba Albert, en su reflexión, que puede entender que haya fans de Madonna, The Corrs o Isabel Pantoja, ya que todos sus fans son seguidores de un determinado estilo de música interpretado por un mismo artista. Toda la música que haga un determinado intérprete sonará más o menos igual y responderá a rasgos similares y podrá ser, por tanto, susceptible de ser clasificada bajo una etiqueta determinada.

Ahora bien, mi colega me preguntó con plena curiosidad cual es el estilo de música definitorio de Eurovisión, ¿baladas? ¿folk? ¿techno? ¿dance? ¿vintage?. “¿Cómo es posible que a los eurofans os guste una canción por el mero hecho de haberse presentado a un concurso musical?”, me interrogó. “¿Por qué os gusta una canción de un intérprete que participa en Eurovisión y no cualquier otra del mismo intérprete que no se presenta al concurso?”. Yo tengo que reconocer que la pregunta tiene miga, es tan compleja que su respuesta requiere de una densa reflexión. De hecho, desde que me la planteó, me estoy devanando los sesos para encontrar una respuesta convincente y trataré de dársela en esta columna.

Hace años que me planteo qué tiene Eurovisión para tenernos tan pendientes de sus cosas. Recuerdo que a mediados de los años 90, los pocos discos que llegaban a España de artistas eurovisivos, se encontraban en la sección de New Age de Fnac o El Corte Inglés. Recuerdo haber encontrado allí CDs de Dulce Pontes, Secret Garden o Dan Ar Braz et l’Heritage des Celts. Llegué a pensar entonces que los eurofans éramos amantes de la música de la Nueva Era. Todo cambió cuando llegaron a nuestras vidas Gina G y Dana International y los discos de cantantes eurovisivos se exhibían en la sección de Música Dance junto a Madonna o Michael Jackson.

Al hablar con otros eurofans pude darme cuenta de que lo que les gustaba eran los idiomas, los modelitos, las coreografías imposibles, las parrafadas que soltaban en inglés y francés las presentadoras y tantas y tantas historietas vinculadas a un programa de televisión de 3 horas de duración que se emite una vez al año. Entonces, ¿eso quiere decir que no le damos importancia a la música? ¿Que tenemos tan poca personalidad que nos da igual lo que nos metan por los oídos siempre y cuando vaya a Eurovisión?

A raíz de reflexionar sobre todo esto, me di cuenta de que la industria musical española funciona al dictado de lo que imponen las casas discográficas. A estas empresas les interesa explotar comercialmente a un intérprete, porque pueden maniatarle; de hecho, los catálogos de las casas de discos van por artistas y no por canciones. En cambio, en un festival participan numerosos intérpretes y autores, lo que hace que para una discográfica la edición de un disco con canciones de Eurovisión sea inviable por la cantidad de artistas y creadores que hay que poner de acuerdo para publicar ese álbum.

De lo que me he dado cuenta es de que cuando un intérprete se presenta a Eurovisión, suele poner toda la carne en el asador y mostrar lo mejor de sí mismo en la canción que manda al festival. En cambio, cuando ese mismo intérprete graba un CD, ese álbum presenta los altibajos propios de un disco: canciones mejores y canciones peores que nunca serán singles porque ningún productor con dos dedos de frente se atrevería a promocionar determinados temas. No daré nombres, pero la sensación que he tenido cuando me he comprado el álbum de algún cantante eurovisivo español en el último lustro es que, en general, su disco es mucho peor que la canción que ha cantado en Eurovisión.

Eurovisión, por tanto, reivindica el single como unidad mínima de difusión de la música. De hecho, en casi toda Europa, Eurovisión ha tenido un seguimiento popular mayor que en España gracias a la difusión de discos sencillos. Por ahí fuera tienen mayor cultura del single: Loreen, antes de sacar su primer álbum, ha lanzado tres singles que han sido superventas en Suecia.

En España, los discos pequeños dejaron de comercializarse hace un montón de años. El mercado discográfico que nos rodea, a pesar de la crisis galopante que lo acucia, pone el énfasis en el álbum de un solo artista, un soporte mucho más caro para el consumidor de música pero con el que la empresa saca mucho más dinero. Aquí las discográficas se empeñan en sacar álbumes para llenarse los bolsillos y velar por su propio interés, lo que obliga a nuestros principales artistas a sacar covers de temas que se sabe de antemano que funcionarán: ahí tenemos a Sergio Dalma con sus vías Dalma, a Sole Giménez con los temas franceses, a Miguelito Bosé con sus Papitos, etc. Deprimente, ¿no?

En resumen, los eurofans somos unos bichos raros porque estamos fuera del sistema, aunque yo creo que quienes están fuera del sistema son las discográficas españolas. El mercado discográfico de nuestro país ha sido incapaz de dar respuesta a las necesidades musicales de los eurofans y nos ha obligado a buscarnos la vida al margen de ellos. Como clientes potenciales, les incomodamos porque no queremos comprar el disco de un solo intérprete. Nuestro único pecado es no querer circunscribirnos a unos gustos uniformes ni querer pagar 20 euros por un álbum del que solo nos gusta una canción. Para ellos es mucho más fácil criminalizar el Festival de Eurovisión diciendo que es una horterada desfasada e hincharse a vender recopilatorios con canciones del año de la tos. ¿No sería más fácil cambiar este sistema y emular a Europa en la vuelta a los singles? Ese es el funcionamiento de iTunes y no parece que les vaya tan mal…

Espero, Albert, haberte contestado a esa pregunta y no haberme ido demasiado por la tangente…

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