En las dos ediciones anteriores de esta particular crónica sobre Malmö os he hablado de la organización y de los cantantes. En esta última voy a centrarme en la vida eurofan en Suecia.
Desde el primer momento pensé que Malmö para los eurofans iba a ser como Oslo o Dusseldorf, un camino de rosas y espinas. Sin embargo, los suecos nos volvieron a sorprender con una gran organización pensada también para los eurofans, indiscutibles almas de la fiesta. Durante toda la semana pudimos codearnos con algunos de los cantantes más emblemáticos de Eurovisión y Melodifestivalen en el euroclub y, para aquellos que no estaban acreditados, el eurocafé servía de punto de encuentro perfecto para aquel que quería disfrutar de su pasión favorita. Solo había que adquirir una pulserita que costaba, al cambio, unos 18 euros, y ya tenías acceso libre cada noche.
Los eurofans se contaban por miles en Malmö. Como sabéis, este año se concentraron mucho más los ensayos para que el festival no durara más de dos semanas. Los primeros cuatro días, de lunes a jueves, el euroclub servía de centro de prensa para los que ya estaban allí. Lo redujeron a más de la mitad para evitar hacer un uso desproporcionado del sitio o que pareciera desangelado. Yo llegué el jueves por la noche y tuve la oportunidad de ver la versión mini del gran euroclub. Nuestra llegada fue un poco accidentada. Hicimos Madrid-Copenhague, como casi todo el mundo. Lo mismo que haremos el año que viene… qué raro se me hace. El aeropuerto está muy bien comunicado con el Öresundstag, el tren que une Copenhague con Suecia. Era todo un poco raro porque comprar un billete en la máquina te costaba el triple que en la taquilla, pero por unos 15 euros, ibas hasta Malmö. Nosotros nos bajamos una estación antes de Centralen, llamada Triangeln. Nos equivocamos de salida y anduvimos con las maletas por un sendero de gravilla mortal. Luego cogimos un taxi y decidí practicar mi abandonado sueco, que enseguida empezó a desempolvarse. Fantástico. El problema fue que el taxista no tenía ni idea de donde estaba el número 2B de nuestra calle. Nos dejó bien pero nos mandó hacia otro lado, otro nombre de calle y otros números y estuvimos dando vueltas durante 20 minutos con la puerta de casa en nuestras mismas narices. Una vez en casa, descansamos tranquilos. La casa era muy cuca. Tres habitaciones, dos baños, un salón comedor enorme… Se la habíamos alquilado por buen precio a un periodista un poco tiquismiquis y muy cansino. Nos tuvimos, perdón, Miguel tuvo que negociar mucho con él, pero finalmente fue todo fantástico. Eso sí, nos pidió que no tomáramos vino en un sofá blanco recién adquirido. Como no vimos ningún sofá blanco, nos sentamos igualmente donde pudimos y bebimos ginebra y ron.
Ya ese mismo jueves salimos a cenar a un restaurante turco. Repetimos varias veces esa semana y la verdad es que el pizzero sonreía cada vez que nos veía. Nosotros a él aún más porque era un joven kurdo o iraní muy guapete. Desde allí nos fuimos al euroclub y nuestro querido Motiño decidió que era buena idea ir andando al euroclub. «Está por el centro». Comenzamos a andar y cuando llegamos al centro solo vimos el Eurovillage, que consistía en varias carpas y tiendas de souvenirs, etc. Allí vimos un cartel que indicaba que al Euroclub se llegaba todo recto. Vislumbramos unos haces de luz que apuntaban al cielo, como los del Crystal Arena en Bakú y decidimos seguir la estrella de Belén que nos guiara en el camino. Veinte minutos más tarde llegábamos a la estación central de trenes de Malmö. El euroclub estaba justo detrás pero la verdad, nos costó encontrarlo.
El sábado, ya con los seis de la casa reunidos, decidimos volver al turco a cenar y, esta vez, coger el tren hasta el Euroclub, donde se celebraba la fiesta de bienvenida para la prensa. El día anterior habíamos ido a desayunar a una cafetería cuyo dueño era un gallego que llevaba muchos años en Suecia. Nos dijo que el barrio en el que estábamos era de clase media-alta y que se vivía muy bien por allí. Había un parque enorme en las inmediaciones que precisamente teníamos que recorrer todos los días para ir del apartamento hasta la estación de tren. Al volver de cenar vimos a un tío en el balcón de la casa de enfrente… meando. Sí, debía estar el cuarto de baño ocupado y decidió sacarse la chorra y mear desde el segundo piso. ¿¿Barrio de clase media-alta??
La bomba, sin embargo, llegó el lunes. Había fiesta de Israel y nunca nos la perdemos porque suele ser de lo mejorcito, aunque haya que tragarse al cantante de turno interpretando un millón de canciones aburridas. Este año Moran era mi favorita, así que no me la pensaba perder. Sin embargo, unos amigos que habían organizado un torneo de voleibol en el que pensábamos participar nos invitaron a una barbacoa en una pequeña casa de campo. Éramos 12 españoles y 12 suecos. La mayoría de los suecos eran emigrantes o hijos de emigrantes; ya sabéis que Malmö tiene un alto índice de población emigrante, creo que el más alto de Suecia. El caso es que era todo muy agradable. Había comida, bebida de todo tipo y mucha gente con ganas de conocerse. Desde luego una mezcla explosiva. Si a eso le añadimos unos chupitos y música de Eurovisión, se convierte en la fiesta más loca y más increíble a la que he asistido en mi vida. Nunca la olvidaré, ni a la gente con la que compartí esa fiesta. Qué grandes.
Durante el resto de la semana, la gente se repartió mucho entre Euroclub y Eurocafé, pero el viernes decidimos ir a Dinamarca, por si acaso no ganaba. Lo primero que nos llamó la atención fue que en ese país las leyes contra el alcohol son bastante laxas, y por supuesto, nada que ver con Suecia. También la venta de alcohol es mucho más barata, así que el año que viene no tendremos que hacer horas extras para pagar las facturas del euroclub. Todo muy cómodo, por cierto. Yo no sé ni cómo son las coronas suecas porque hasta para comprar un paquete de chicles en la tienda de la esquina lo puedes hacer con tarjeta. Bueno, a lo que iba, que nos fuimos a Copenhague y ya empezamos a flipar en el tren. No compramos billete porque pensábamos que con la acreditación valía. Sin embargo, cuando llegó el revisor nos indicó muy amablemente que la acreditación solo valía en Escania y que, por favor, si éramos tan amables, a la vuelta compráramos el billete correspondiente. Igualito que en España… Nada más salir de la estación de Copenhague, el famoso Tívoli, un millón de bicicletas y un ambiente de viernes noche que poco tenía que ver con la calma de Malmö. Fuimos a tomar algo a un bar y nos quedamos impresionados con lo altos y rubios que son los daneses… Por lo general, bastante atractivos también. Después fuimos a un club que había en una de las calles principales y pudimos comprobar que realmente tienen un problema con el alcohol. Todos iban hasta arriba, no hacían más que chocarse entre ellos y ¡olían fatal! No sé, creo que voy a poner mascarillas y una muestra de perfume en la maleta el año que viene. En un momento dado vemos como un danés se sube a la barra se baja los pantalones, nos enseña el culo y otro le pone sal y limón en el trasero para chuparlo antes de tomarse el tequila. Alucinante hasta qué punto llega la locura de esta gente. Agárrense bien los machos en Dinamarca 2014.
El epílogo a esta serie es que ha sido un festival fantástico, uno de los mejores de los 10 a los que he ido. Que los suecos tienen buena fama y es por algo y que espero que pronto volvamos a Suecia, aunque Estocolmo me apetece más. La pequeña incursión del viernes en Dinamarca nos sirvió de aperitivo para lo que viviremos el año que viene… y que os seguiremos contando aquí.
Comparte esto:
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Compartir en Reddit (Se abre en una ventana nueva) Reddit
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
- Imprimir (Se abre en una ventana nueva) Imprimir

