OPINIÓN / El monumental cabreo de Sara Salazar del grupo Alazán eclipsó cualquier otra noticia que pudiera emanar de la gala de anoche. Supongo que el sentir general de los eurofans que seguimos la gala fue que la Salazar se comía a Boris de un bocado cuando escuchó que la razón por la que el jurado las eliminaba era por su similitud con Azúcar Moreno, un producto que triunfó en 1990, pero que en 2011 era algo totalmente rancio. Lógico: segundas partes nunca fueron buenas y menos, 21 años después. El venezolano, que no sabía donde meterse, balbuceó una disculpa como que no era cosa suya, que lo había decidido el resto del jurado, que le obligaban a decirlo y que era un mero portavoz del sentir general.
Alazán eran las más conocidas de los 24 participantes seleccionados para las dos galas. Eran, por tanto, lo más parecido a un jóker que se ha asomado a la preselección eurovisiva de 2011. La anécdota de la bronca con Boris no tendría nada de trascendental si no llega a ser porque es una metáfora de lo que sucede entre los cantantes consagrados, famosos y famosillos de este país: para ir a Eurovisión quieren designación directa, nada de participar en galitas de tres al cuarto con cantantes noveles y aficionados con el peligro de una eliminación.
En España no existe la cultura de la competición festivalera que hay en Suecia, Bélgica o Italia, por ejemplo. Dentro de dos semanas podremos ver en el Festival de Sanremo a Anna Oxa, Anna Tatangelo o Luca Barbarossa con la mismísima Raquel del Rosario, con la posibilidad de que sean elegidos para representar a la RAI en Düsseldorf. Aquí en España, en cambio, si queremos que un nombre mínimamente famoso acuda a Eurovisión por TVE tenemos que hacernos a la idea de que hay que renunciar a la preselección. Para mandar a Las Ketchup el ente tuvo que borrar la preselección del mapa en 2006 y especular con la idea de que eran muchos los famosos que habían presentado candidatura, sabiéndose al final que tampoco habían sido tantos los candidatos.
¿Qué tenemos que hacer para ver a Chenoa, La Quinta Estación, El Canto del Loco o Malú en Eurovisión? (Son nombres citados aleatoriamente entre lo más conocido de nuestro panorama musical) La respuesta está clara: prescindir de la preselección. Y que sea TVE quien vaya a buscarlos (la montaña nunca irá a Mahoma) con un proyecto atractivo en el que puedan expresarse como artistas, sin imposiciones de modistos, coreógrafos o estilo de canción.
Eso es lo que ha hecho el Reino Unido. Tras 53 participaciones en las que, de un modo u otro, cada año la BBC ha ofrecido una preselección televisada, en 2011 le han ofrecido su representación al conocido grupo Blue sin mediar ninguna gala previa. De este modo, se evitan cabreos, malentendidos y maltratos de ego, a los que se exponen si hay cantantes consagrados en la preselección.
Pensémoslo: ¿estaríamos dispuestos nosotros a renunciar a un programa de preselección a cambio de que un artista consagrado representara a España en Eurovisión? ¿O preferimos la parafernalia de un tinglado que nos permite conocer a artistas menos conocidos que nos distrae durante los meses previos a la celebración del festival? Ambas cosas, cantante consagrado y preselección son, desde luego, incompatibles en España. Y el cabreo de Alazán con Boris, lo demuestra.
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