En alguna que otra conversación con entusiastas eurofans de los años 80 y 90 ha salido repetidas veces la manida expresión de que Eurovisión ya no es como antes. Miedo me da cuando yo la pronuncio, supongo que decir de algo que «ya no es lo que era» es una idea que vinculo a gente mayor y me da la sensación de que si me amparo en el temible “cualquier tiempo pasado fue mejor” demuestro que acumulo años en mi DNI sin parar.
Lo que es cierto es que el Festival de Eurovisión de 2013 tiene muy poco que ver con la edición de 1988 por poner un ejemplo. Hace 25 años cada país cantaba en alguno de sus idiomas oficiales con muchísimas restricciones para emplear el inglés. También hace un cuarto de siglo las canciones sonaban con orquesta, había veintipocos países participantes y el festival se celebraba en auditorios para pocas centenas de personas con un público al que ni le iba ni le venía lo que sucedía en el escenario. La prensa española pasaba mil del festival, TVE lo mismo (bueno, hay cosas que no cambian), pero en aquel minoritario y defenestrado ambiente de la segunda cadena creo que muchos supimos encontrar el potencial de un magnífico programa musical que abría una pequeña grieta hacia Europa.
Poco nos podíamos imaginar entonces que 25 años después aquel (decadente) festival iba a ser una exhibición de poderío tecnológico y audiovisual, con libertad para cantar en inglés (o suajili), con el doble de países participando, con tres noches de tinglado, sin orquesta y con hordas de eurofans tomando literalmente estadios deportivos. Creo que a varios eurofans de los que nacimos con Céline Dion (no a todos, evidentemente) el festival de hoy en día nos desborda.
Pero, ¿cuándo empezó a cambiar Eurovisión? Yo creo que el cambio ha sido muy gradual, casi imperceptible a simple vista. Las innovaciones se han ido dando en pequeñas pildorillas. Cierto es que en los 80 nos acostumbramos a un festival sin cambios ni sobresaltos, con un severo Frank Naef controlándolo todo desde su poltrona. El auténtico responsable de los cambios fue Svante Stockselius, aquel sueco que supervisó el festival entre 2002 y 2010 y que lo convirtió en el fenómeno de masas que es hoy en día.


A muchos eurofans les sorprenderá que escriba esto, pero reconozco que echo de menos el intimismo que encontrábamos en el festival hace dos y tres décadas. Hoy en día, con tanta bandera, tanto grito y tanto afectado gesto del público me da la sensación de que el festival se parece más a un partido de fútbol que a una gala televisiva como la de los Óscar, por ejemplo. Noto que Eurovisión se ha vulgarizado y que se está convirtiendo en un evento low cost, que al popularizarse y masificarse ha perdido el glamour que tenía en los tiempos de la Dion. En 1987, por ejemplo, el público estaba integrado por egregios comisarios europeos emperifollados con modelitos dignos de cualquier recepción de Isabel Preysler. Hoy en día, el público va a Eurovisión como a la verbena de las fiestas de un pueblo de 1.000 habitantes, en vaqueros y zapatillas de deporte, y con una actitud mucho más distendida que la de los públicos ochenteros. Y esto, como telespectador, me decepciona.

Decepcionante fue para mí la actuación holandesa del último festival. Esperaba con sumo interés la actuación de Anouk con la intimista Birds y durante su actuación lamenté profundamente la realización televisiva, que encuadró, entre otros, a un eurofan que animaba a la cantante con un plumero con los colores de la bandera alemana. Plumero que, para más INRI, salió nuevamente en el recap para que el público votara. Sé que para muchos eurofans el ambiente del público es la apoteosis eurovisiva, la esencia del festival y la sensación de que es un festival de masas. Pero a mí me molestan las realizaciones con miles de personas jaleando a un intérprete que, a lo mejor, se está desgañitando cantando una historia intimista como es el caso de Anouk y un mindundi del público le fastidia el trabajo de meses agitando un plumero durante la actuación.
Y creo que la propia UER se ha dado cuenta del detalle del público. Fijaos que cuando una canción va a por todas y tiene un rollito intimista, el público no entra en ninguno de los encuadres del realizador. Sin ir más lejos, en los tres minutos de actuación de Loreen solo se ve a la cantante y a su orondo bailarín. La SVT o la UER o quien quiera que sea quien maneja los hilos eurovisivos no quiso correr el riesgo de que saliera el eurofan de turno con una bandera gigante de Bélgica o con un plumero multicolor.
Y mucho me temo que los cantantes no pueden dar el 100% de su capacidad vocal con un público tan entregado como el eurofan. Recuerdo que en 2006 estuve en Atenas y que fui incapaz de oír cantar a Anna Vissi por la locura en la que estallaba el público con el Everything. Creo que un buen ejemplo de esa euforia eurofan es la poca afinación que mostró Raquel del Rosario en Malmoe y me asusta que el público pueda llegar a condicionar la actuación de un artista en el festival. Por cierto, supongo que a estas alturas de la película no quedará ningún eurofan que quiera ver a 20.000 personas como público y a la orquesta sonando en directo: los músicos necesitan un ambiente de silencio para tocar y no a gente gritando como posesa ante su canción favorita. ¿Os imagináis a qué nivel desafinaría la orquesta con el griterío eurofan si además tiene que tocar 26 canciones en dos horas escasas?
Con todo esto no quiero decir que esté en contra de que el público eurofan abarrote el recinto eurovisivo. De hecho, en las ediciones anteriores no había público, sino personas que aguantaban estoicas las tres horas de festival y eso, en según qué casos, todavía era peor. 22 años después, aún no he olvidado el bostezo del joven italiano mientras aplaudía la canción finlandesa y al percatarse de que le estaban enfocando empleó sus manos para tapar tan feo gesto. Recuerdo por otro lado la realización que hizo la RTÉ en el festival de Millstreet, ocurriéndosele al realizador de turno encuadrar en imagen al público en algunos planos y aquello más que público eran plantaciones de melones, por lo estático de las cabezas. Y sinceramente, los planos de estos públicos que no son para nada la alegría de la huerta le daban una imagen excesivamente decadente al concurso.


En realidad, no me parece buena idea darle tanto protagonismo al público en la Eurovisión actual. Si el programa ya tiene de por sí un ritmo frenético, creo que mostrar tanto movimiento de gente en platea contribuye a estresar al espectador. Y de ese modo es muy complicado que el espectador se relaje y disfrute de una melodía lenta. Remito al lector a revisar la actuación de Patricia Kaas en Moscú donde, a pesar de los esfuerzos de la francesa por transmitir un clima sensual y profundo, las ovaciones (o berridos) del público que se cuelan en el audio rompen toda la magia que puede producir una cantante del calibre de la Kaas.
Lo que creo es que el público, en TV, debería mantenerse al margen de la realización televisiva porque los temas de corte intimista salen claramente perjudicados en el festival y de seguir así llegaremos a tener un festival repleto de discotequeo y divas de ventilador. Audiovisualmente, el público debería utilizarse como un recurso para enlazar cada actuación con la cartulina siguiente y no como una constante para enfatizar la competición musical. Ya que la UER pone tanto empeño en no sortear el puesto de actuación para no perjudicar a nadie también debería dejar en manos de cada delegación si desea que durante su actuación se encuadre o no al público. La verdad es, en según qué canciones, la euforia eurofan puede romper la magia de una interpretación. Y para muestra un botón, digo un plumero.
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